Reflexión
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Pilatos manda azotar al Salvador

Pilatos ofrecía al pueblo "castigar" a Jesús con la pena de azotes. No era solamente doloroso, sino humillante, únicamente se aplicaba a los esclavos y a los habitantes de provincias romanas; la ley prohibía aplicarla a los ciudadanos romanos. Por eso le parecía a Pilatos que esta pena era suficiente: si de algún modo era culpable ante los judíos por el asunto de su reinado, pensaba Pilatos, con los azotes quedaría tan desprestigiado y avergonzado entre los hombres que ya no se atrevería más a hablar de su reino. Pero como vio que ni al pueblo ni a los sacerdotes les parecía suficiente al proponérselo, decidió ponerlo por obra para que, al verle, quedaran convencidos de que ese castigo sí era suficiente y cambiarían de parecer.

Con esta intención, y huyendo de los gritos que daba el pueblo, se retiró con el Salvador al interior del pretorio, quejándose de aquella gente que le obligaba a hacer lo que no quería.

Ya has visto -le diría a Jesús- el furor de tu pueblo contra ti y los medios que yo he puesto para librarte. Veo claro que todo es debido a la envidia que te tienen, pero ¿cómo puedo hacer razonar a un pueblo enfurecido? Es mejor que ahora sufras la pena de azotes para evitar que te maten. Yo no puedo enfrentarme a ellos, no sería prudente, podría perderme yo y toda la provincia que gobierno. Si te opones, no podré librarte de la muerte. Se me ocurre este medio para que conserves la vida, sufrir ahora este castigo, tus enemigos se calmarán y yo me veré libre de ellos. Es necesario que te prepares a ser azotado.

El Salvador seguiría callado, o quizá dijera: "Estoy preparado para recibir los azotes" (Sal 27, 18). La pena de azotes era la inmediatamente inferior a la pena de muerte. Se recibían azotes en todo el cuerpo, desde la planta de los pies a la cabeza; lo quiso así el Señor para curar las llagas de su cuerpo místico "No se hallaba en El parte sana desde la planta de los pies hasta la cabeza" (Is 1, 6). Sufrió en su cuerpo tanta crueldad a cambio de la sensualidad y deshonestidad de los hombres que, siendo tanta y tan horrible, así debía ser el sufrimiento del Señor. Esta debe de ser la razón por la que el Señor, al hablar a sus discípulos de su Pasión, mencionaba sus azotes (Mt 20, 19), como si tuviese muy presente esta humiIlación y este cruel dolor.

Al ser entregado el Salvador por Pilatos a los verdugos y a los lictores, se lo llevaron de su presencia y le mandaron que se desnudase. El Señor, como dice Pedro, era tan manso y humilde que no maldecía a quien le injuriaba ni amenazaba con su venganza al padecer, sino que obedecía a quien le condenaba injustamente (2, 21). Jesús se desnudó y se dispuso a padecer aquel tormento. Quizá, mientras se quitaba la ropa, los verdugos empezaron a decirle groserías y a intentar asustarle con los azotes; quizá, por la prisa, no esperaron a que terminara de quitarse sus vestidos, sino que, brutalmente, le desnudaron ellos a tirones. Quedó desnudo su cuerpo virgen, concebido sin pecado, cuerpo el más hermoso con el que se había unido la divinidad para honrar con él a toda la naturaleza y para que, al verlo, bendijéramos a Dios. Fue allí, en el mismo pretorio, a la vista de todo el pueblo, donde fue azotado.

Los verdugos ataron al Señor, desnudo como estaba, a una columna, y empezaron a azotarle. Las ataduras debieron de ser muy fuertes y seguras porque los judíos temían que, como le habían visto hacer tantos milagros, se les escapase. Y como el castigo de azotes era tan cruel, los verdugos también se cuidaron de atarle bien para que no se desatase al evitar los golpes.

No hacía falta que atárais al Salvador, aun sin ataduras El se hubiera estado quieto. No debíais de haber atado las manos de Aquel que tiene las vuestras, no las moverá, quiere sufrir. Su amor es más fuerte que las ataduras, el mismo Dios se ató con ataduras de amor. Si no tuviese amor, nada hubiera bastado para atar a Dios a una columna.

Pensad que si la noche anterior Pedro tenía frío estando vestido, qué frío sentiría el Señor estando desnudo, atado a una columna de mármol, sin dormir, y agotado por el mal tratamiento sufrido y su dolor.

Le azotaron con varas conforme a la costumbre romana. Era mucho más cruel este castigo entre los romanos que entre los judíos: los instrumentos de tortura eran varios, el látigo, que tenía tres correas de cuero endurecido atadas a un palo corto; el vergajo, que eran varas verdes y flexibles de árbol; la fusta, que eran simples correas de cuero y, por fin, el flagelo, que era un látigo de correas guarnecido de bolitas de plomo, huesecillos cuadrados y agudas puntas de hierro llamadas escorpiones. Se alternaban unos verdugos a otros que, según dicen, eran seis, y descargaban toda su fuerza sobre las espaldas del Hijo de Dios.

¿Quién ha visto a los hombres azotar al Hijo de Dios a la vista de los ángeles del cielo y de su Padre Eterno? Venid, hombres, y veréis a Cristo flagelado por vuestra culpa. Daos cuenta de lo que valéis, pues fuisteis comprados a este precio, y de lo que debéis a quien libremente pagó por vosotros. No te hagas otra vez esclavo del pecado si sabes valorar la grandeza de este rescate.

La columna en que el Señor estaba atado era baja, de modo que toda su espalda quedaba combada y tirante, dejando así más superficie para los azotes. Como los látigos eran largos, no sólo daban en su espalda, sino que llegaban en revuelta hasta el vientre o el pecho o a la cara. No se puede saber el número de los azotes; pero se sabe que era costumbre romana dejarlo al arbitrio de los verdugos y a la resistencia del ajusticiado. No podían ser pocos los azotes, no sólo por la brutal crueldad de los soldados, sino porque eran muchos los pecados que el Señor tenía que saldar. Los profetas habían hablado de El, explicando tal como quedó después de este tormento, dijeron que había quedado horrible y desagradable de ver; con tantas heridas, su cuerpo parecía el de un leproso (Is 53, 2-4), y que desde la planta del pie hasta la cabeza había quedado todo golpeado, herido y sangrando (Is 1, 6).

Si esto vieron y sintieron los profetas que lo miraban desde tan lejos, pensad qué sentiría su Madre que estaba allí cerca. En cuanto le llegó la noticia de que Pilatos había resuelto azotarle, volvió a llorar y, con ella, aquellas mujeres amigas. Todas las mujeres lloran y sufren cuando insultan o maltratan a sus hijos, y la Virgen María sufrió más que ninguna madre, porque su Hijo era Dios. Quiso acercarse al pretorio para ver o por lo menos oír los golpes, y quedaría tan herida y derramaría tantas lágrimas como perdió sangre el cuerpo de su Hijo.

Durante la Pasión de mi Hijo -contó la Virgen María- sus enemigos le cogieron y le abofetearon en la cara y en el cuello. Luego le llevaron a una columna y El mismo se desnudó y puso sus manos en la columna, y ellos le ataron. Al primer golpe, yo, que estaba allí cerca, caí como muerta. Al recobrarme, vi su cuerpo azotado hasta las costillas, de modo que se le veían los huesos; con los azotes le desgarraban la carne. Y mi Hijo estaba allí sangriento y despedazado, no quedaba en su cuerpo parte sana donde le pudiesen azotar ya más. Entonces, uno de los que estaban allí, enojado, gritó: ¿Es que pretendéis matar a este hombre antes de sentenciarle?, y a la vez que dijo esto cortó las ataduras.

Sólo la Virgen María sabía reconocer el eterno amor que Dios Padre tenía al mundo, que por él no perdonaba a su Hijo, y ella también ofrecía a su Hijo, con todo su amor, para la salvación de todos los hombres, deseando que todos reconocieran y amasen este inmenso beneficio del Salvador hacia ellos.

¿Hay todavía algún hombre tan ciego que no le conozca, hay todavía algún corazón tan duro que no quede lastimado y caiga rendido a sus pies? Todo el mundo tendría lástima de un hombre que por salvar a un ladrón entrase él mismo en la cárcel y vendiese todos sus bienes para pagar los robos que no hizo; si el ladrón beneficiado tenía sentimientos de hombre, sufriría avergonzado de ver en la cárcel a su fiador, de verle pobre y sin nada por su culpa. Si era un hombre, diría a todo el mundo que él era el delincuente, y que el otro era el inocente y sin culpa. Nuestro corazón es un ingrato si no reconoce los pecados que ha cometido contra Dios, nuestro corazón es de piedra si no llora pidiendo perdón al que es azotado por haber salido en nuestra defensa. Jesús, si le escuchas atado a la columna, dice: "Estoy pagando por lo que no he robado" (Sal 68, S). "Me azotan durante todo el día, mi flagelación empezó desde la mañana" (Sal 73, 14).

Cuando el fiador ha pagado, ya no molestan al deudor verdadero. Así hace la Justicia de Dios, una vez que Cristo pagó por nosotros ya no nos pide nada, sólo desea que nos aprovechemos de la paga que entregó Jesucristo. La redención ha sido tan grande y generosa que, aunque es una gracia inmensa que Dios perdone las ofensas de los hombres, mucho más grande e inmensa es la paga que hizo Jesucristo comparada con nuestra deuda. El hombre merecía ser preso y encarcelado, que se burlasen de él, le golpearan, le castigaran a azotes y luego le mataran, y eso lo hizo un hombre que a la vez era Dios (SAN JUAN DE AVILA. Audi filia, c. 19). Jesucristo quiso tomar en su cuerpo la penitencia que merecían los desórdenes de nuestro cuerpo; corrigió en su carne nuestra rebeldía, a costa de su dolor nos dio ejemplo de cómo debemos dominar la carne para que no se imponga al espíritu, y no caiga en pecado. "El más hermoso de los hijos de los hombres" (Sal 44, 3) perdió su hermosura y quedó todo su cuerpo hecho una llaga, como leproso quedó para que nuestra alma se hiciera hermosa y agradable a los ojos de Dios, "para que la Iglesia apareciese gloriosa ante El, sin que tuviese mancha ni arruga ni cosa parecida, para que sea santa e inmaculada" (Ef 5, 27).