Un aislado sector de la crítica ha fechado esta Dolorosa en torno al siglo XVI. La mayoría la considera obra del siglo XVII. Es un efigie de enorme popularidad y pujante personalidad, serena, de profundo señorío, de una belleza suprema, un gran sentido del dolor y expresión de intensa amargura, todo ello conjugado armónicamente con su advocación.
Esta imagen, que no fue la primera que con esta advocación procesionó en esta Hermandad, sin embargo, hace más de un siglo, ya lo hizo con esta advocación cuando era titular de la antigua Hermandad de la Humildad y Paciencia, cofradía que fue extinguida a raíz de una reyerta que se provocó en una recogida con resultado de muerte, y que en un principio radicó en el Templo Parroquial de San Dionisio y que posteriormente se trasladó a la Iglesia de la Santísima Trinidad, documentándose su existencia en este templo en 1570, de donde fue rescatada para ser titular de esta Hermandad.
Es una imagen de candelero de gran expresión artística. Su rostro destaca, con acusadas características, el rubor de las mejillas, conformando así un rostro no realista, pero sí extraordinariamente armonioso. Lleva en el mismo un dolor punzante, que quiebra sus fuerzas y la hace debilitarse por momentos. No es un dolor letífico, de Madre Corredentora.
Se trata de una Virgen-Madre, abrumada por el sufrimiento, muy lejos de ese dolor sereno que se observa en la Virgen de los Dolores de la Hermandad de las Tres Caídas, con la que algún sector de la crítica halla algunas similitudes. La Dolorosa de la Amargura refleja un dolor punzante, que quiebra sus fuerzas y la hace debilitarse por momentos. No es un dolor letífico, de madre Corredentora. Las mejillas están llenas de lágrimas, conmtribuyendo a acentuar la crispación del gesto que, no por esto, pierde un ápice de su belleza. |