Sólo una mirada superficial y, de seguro, bastante miope podría llevarnos a afirmar que las procesiones penitenciales jerezanas de Semana Santa constituyen un mero plagio de las sevillanas. Esta no sé si ligera miopía se halla, por cierto, muy extendida, aunque no por común es menos digna de preocupación. Hablar de copia o remedo, siempre en detalles, implica tergiversar algo las cosas y, en cualquier caso, no llegar con la vista más allá de los años cuarenta. Y eso en el curso de la historia es menos que un suspiro.
Es cierto que a partir de esa década la irrupción, a veces incontrolada y a menudo arbitraria, de “lo sevillano” es ya una realidad manifiesta. Con todo, vaya en descargo de nuestros cofrades el hecho de que la “corriente sevillanista” y la “exportación” de sus modelos alcanza gran parte de Andalucía, ambas Castillas, Extremadura y Cataluña, ya sea por el trabajo ex profeso de artistas de la talla o la platería, o por la compra de pasos o enseres a hermandades sevillanas. Ni que decir tiene que esto ha ocurrido en detrimento de otra estética, la malagueña o antequerana, para nosotros más extraña, pero que podía haber sido otra posibilidad perfectamente plausible. Al fin y al cabo, esa adopción del paso barroco sevillano también está ligada al propio crecimiento urbanístico de nuestra ciudad, en la que ya perdería perspectiva el antiguo y pequeño paso. De todas formas, cuando contemplamos el cortejo y las excepcionales andas del Nazareno de Jerez portadas por cargadores a la antigua usanza, nos asalta una duda sobre la validez de esta última justificación.
Además no debe olvidarse que para Jerez y para otros muchos lugares el peso de Sevilla, como sede arzobispal (con sus disposiciones y normas a lo largo de la historia) y como supuesta capital de Andalucía, ha sido lógicamente muy grande; y así se refleja en múltiples aspectos. Las noticias, por ejemplo, de los periódicos en los años cincuenta hablan por sí solas: “El paso de... es uno de los más suntuosos de Jerez que puede parangonarse con cualquiera de los más destacados de Sevilla”. Pero es que ya a mediados del siglo XIX los estatutos de alguna hermandad jerezana obligaban a la imitación exacta: “Todos los hermanos nazarenos... deberán presentarse... en un todo conformes como van en su procesión los hermanos de... de Sevilla.”
De todos modos el prestigio de lo sevillano, es, repito, razonable y, desde luego, muy antiguo. No nos sorprenderá que la cofradía de negros de Nuestra Señora de los Reyes, que hoy no pervive, pero que al menos como hermandad asistencial era de fundación anterior a la de la actual decana de las cofradías penitenciales de Jerez, la Vera Cruz (de 1542), no nos sorprenderá, digo, que se inspirara en aquella institución (hospital y hermandad de gloria) del Cardenal Mena, que más tarde se convertiría en la Cofradía del Cristo de la Fundación, “de los Negritos”. Esa misma ascendencia fue la causa de que desde los años veinte se compraran a señeras cofradías hispalenses palios y mantos extraordinarios que podemos admirar en Jerez y que posiblemente muchos quisieran aún conservar en Sevilla. Pero esto de vender lo “viejo” considero en mi modestia que constituye un “pecado” del que muy pocas hermandades se libran.
Otra cuestión de interés para el tema es la manera de llevar los pasos. En Jerez, a diferencia de Sevilla, perduraron hasta después de la Guerra Civil los cargadores “por fuera” y sólo entonces comenzaron a introducirse progresivamente los costaleros. Por eso, cuando en un arrebato de patriotismo algunos jerezanos defienden la “molía” frente al costal “invasor” sevillano, uno no deja de esbozar una sonrisa. Y, como es natural, también perduró el llamado “traje egipcio”, que algunos hasta califican inadecuadamente de “jerezano”, ignorando que su origen se encuentra en aquellos decretos generales del Consejo de Castilla en el siglo XVII: los hermanos de luz (no los disciplinantes) debían ir con sus túnicas, pero con los rostros descubiertos para evitar sucesos desagradables o disturbios. Por otra parte, este hábito penitencial se sigue hoy manteniendo, para todos los hermanos o sólo para los de maniguetas o para los cargadores, en muchas localidades (Lucena, Antequera, Archidona, Málaga, Vejer, Arcos, Cádiz, ...).
También en Jerez, junto con lo marcadamente sevillano, nos quedan cortejos que guardan el encanto de lo arcaico, como el ya mencionado del Nazareno en la madrugada del Viernes o, en menor medida, el del Cristo de la Expiración en la tarde de ese día; y aún escuchamos alguna de aquellas “trompetas dolorosas” el Jueves Santo con el Mayor Dolor; y todavía una cruz “de toallas” guía las filas de penitentes de la Vera Cruz; algunas cadenas, algún muñidor... (y para las demandas, aunque al estilo moderno, iremos a la cautivadora Semana Santa de Arcos). Tenemos hasta una cofradía, la de Amor y Sacrificio, que permanece fiel a su individualidad y se substrae, con disonancia pero con su atractivo, a la estética andaluza.
A lo largo del siglo XVI ya se contaron al menos once cofradías de penitencia en las calles de Jerez y, a pesar de los pesares, y más de cuatro veces a trancas y barrancas, el número en la actualidad ha llegado a treinta y con un esplendor nunca conocido (todavía podríamos añadir, aunque impropiamente, a la del Resucitado, y alguna más se sumaría si hubiera oportunidad). Quiero apostillar para los buenos entendedores que, en el caso concreto de Jerez, la historia demuestra que, en cuanto a relación con la Iglesia, los actuales no son, ni mucho menos, los momentos más difíciles vividos por nuestras cofradías de penitencia (entre los que se cuentan una denuncia y una acción supresora concreta contra las hermandades jerezanas en el siglo XVIII). De estos escollos salieron con espíritu cristiano, sin duda, pero también con una pertinacia encomiable. Como asociaciones cristianas que son, están dentro de la Iglesia y a ella se deben. Quizá la propia Iglesia con demasiada frecuencia haya desdeñado la importancia social y los innegables y más que probados valores de este diríamos “tipo especial de pías uniones”; quizá las hermandades tampoco hayan sido capaces de poner freno a ese ancestral afán de independencia, que algunos quieren explicar remontándose bien a los orígenes gremiales de no pocas de ellas, o a la acusada influencia primigenia de la orden de San Francisco, siempre en los primeros momentos tan enfrentada a los abusos de la jerarquía (quién no recuerda el magistral cuadro que nos pintó Umberto Eco en El nombre de la rosa y que nos presenta a aquellos espirituales franciscanos en oposición a los dictámenes del Papa Juan XXII). Y, si nos ponemos “antropológicos”, hasta podríamos recurrir a esa fuerza secularizadora tan evidente en los países latinos, donde lo lúdico acaba prevaleciendo sobre lo religioso. Ya sabemos que la Historia con mayúsculas es maestra de la vida y luz de la verdad: acaso este pensamiento nos sirva; pero también hará falta, creo, algo tan sencillo como el sentido común.
Sea como sea, el visitante de la Semana Santa jerezana disfrutará de una inmensa variedad de aspectos, perspectivas y matices y, aparte de esta riqueza cultural y artística difícilmente superable, descubrirá lo viejo y lo nuevo: hondas raíces que se asoman a la Edad Media y brotes recientes que nacen de añosas ramas; auténtica piedad y devoción junto con la inevitable algarabía de la fiesta; bandas militares y música de capilla; imágenes que nos transportan desde las líneas modernas a los misterios del gótico; incienso y bengalas; cargadores de horquilla y costaleros de “molía”; túnicas “egipcias” y capirotes. En fin, parafraseando al poeta hispanolatino Marcial, muchísimas cosas buenas, algunas regulares y hasta puede que unas pocas malas, más o menos como la vida misma. |